Chasquidos

Hacía poco tiempo de mi delicada operación cardiovascular en Valdecilla y comenzaba a dar cortos paseos. Ese día estábamos con mi hija Arantxa y mi nieto Fernando que entonces andaba con pasos inseguros. Mi mujer y mi hija se sentaron en un banco del parque que hay junto a su casa y yo seguía al niño, que comenzaba a alejarse con cierta celeridad, hasta que se tropezó y se cayó al suelo. Aunque yo no debía hacer movimientos bruscos todavía, me incliné para atender al niño y, de repente, sentí un chasquido que me heló la sangre. No me atrevía a levantarme pensando en sabe Dios qué averías se habrían producido dentro de mí. Tal vez el marcapasos… Pero recordé que yo no llevaba ese importante artilugio y además no sentía ningún dolor. ¡Qué cosa tan rara! Mi hija acudió con presteza al suponer que algo andaba mal y yo tenía sudor en la frente. Se lo conté como pude y se quedó de un aire. Instintivamente, mientras me incorporaba, metí la mano en el bolsillo del pantalón y saqué la tarjeta de plástico del autobús que se había partido por la mitad al tropezar de repente con las llaves.

Nos echamos a reir y se lo contamos a mi mujer que se rió largamente con nosotros.

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