El Centro de Salud

Visitaba en Madrid lo que con el tiempo ha dado en llamarse un Centro de Salud, pues de las comidas escasas y sin fundamento le habían salido unos forúnculos en la zona del pescuezo que no le dejaban mover el cuello.

Como no era un visitante habitual, confundió una de las puertas y bajó por una escalinata que, aunque también daba a la calle, no era al parecer utilizada por el público en general o, por mejor decir, por los pacientes ambulatorios, cuando oyó clamar: “¡Doctor, doctor!”.

Como no bajaba nadie delante de él dedujo que la llamada iba dirigida a alguien que bajaba detrás, pero entre lo que le costaba volver el cuello y el temor a rompérselo si se caía, y en la seguridad de que él no era médico decidió no volverse, hasta que de nuevo los apremiantes y lastimeros “¡Doctor, doctor!” le convencieron de que por extraño que pareciera iban dedicados a su persona. No tuvo necesidad de volverse pues quien dirigía las exclamaciones se plantó de un admirable salto ante él y le detuvo con una sonrisa diciendo: “Perdóneme, doctor, que me permita interrumpirle sabiendo lo ocupado que está usted, pero tenía que entregarle estos folletos”.

La cosa estaba clara. Un representante de laboratorio, despistado, le había confundido y ni tenía tiempo de advertirle de su error ni quería abochornarle, temeroso además de que un doctor verdadero pudiera descender por la escalera y se suscitara una situación difícil de explicar, por lo que lo más rápidamente que pudo, y sin abandonar una sonrisa glacial, recogió la abultada literatura, le dio las gracias, terminó de bajar las interminables escaleras, salió al fin a la calle y depositó los folletos en la primera papelera que encontró a su paso.

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