Politólogo

Laureano Cerro Careaga dedicaba sus viajes a la biblioteca de la Complutense a documentarse para tu tesis doctoral.

 

Había elegido, al fin, un nombre alargado para exponer sus trabajos y quizás convendría acortarlo para que la prensa, que metía las narices en todos sus movimientos, no lo aprovechara para atacarle cuando estaba en su mejor momento, recién asomado a la política activa.

 

Hasta la presentación de su concienzudo estudio haría acopio de datos difíciles de obtener por la originalidad de su propuesta, pero entre los nuevos doctores había últimamente tal derroche de ideas y sorprendentes averiguaciones que resultaba difícil tocar un tema que no se hubiera estudiado ya, por lo que el riesgo de incurrir en un plagio no deseado entorpecía sus descubrimientos.

 

Le había costado tanto como la investigación en si la búsqueda de un nombre original que compendiase su sabio contenido. Mantendría, pues, el texto y decidiría más adelante se reducción: “Jaculatorias in extremis de los políticos progresistas ateos”.

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